20.5.13

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lacitos de hojaldre

Sigamos hablando de hojaldre, que últimamente estoy un tanto monotemático. Prometo no ponerme profundo, ni comparar el hojaldre con la amistad otra vez (aunque mantengo que es una de las mejores comparaciones que se me ha ocurrido).



Cuando sobra algo de masa es bueno no tirarlo, todo se puede aprovechar, que la cosa no está como para ir tirando comida. Y mucho menos algo tan delicioso como este simple hojaldre. Seamos realistas, la cosa no está como para desperdiciar las cosas buenas, y este hojaldre lo es. Así que, siempre que podamos, hemos de ser listos y guardar las sobras del hojaldre.

Y ¿qué hacer con esa sobra de masa? Pues algo tan simple como lacitos de hojaldre. Es súper fácil. Sólo tienes que cortar la masa en tiras más o menos homogéneas, doblar una parte por encima de la otra y pintarle con una mezcla de yema de huevo con leche.



Así, ya de por sí, son riquísimos y no necesitan más, pero, ya que estamos, los ponemos bonitos, y más sabrosos y dulces. Poca cosa necesitamos. En serio. Un poco de chocolate blanco para derretir y fideos de colores y de chocolate. Lo único que hay que hacer es esperar a que se enfríen y después, derretir el chocolate blanco. Después, hay que ir untando una parte del lacito en el chocolate blanco y colocándolo en un papel de horno limpio para dejar que el chocolate se endurezca, eso sí, no sin antes rociar con unos fideos de colores o de chocolate en la parte cubierta.



Súper fácil y súper simple.  Y si no has hecho hojaldre, ni tienes intención (aunque deberías porque es muchísimo más fácil de lo que pensamos) puedes usar masa de hojaldre ya comprado. Estará buenísimo y será igual de vistoso.



16.5.13

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amistad + hojaldre casero

Durante años, siempre di por hecho las amistades que tenía. De hecho, en los últimos años, las daba tan por hecho que las dejé de lado. Muchos fueron los amigos con los que fui perdiendo el contacto. Ellos, haciendo sus vidas, yo, en cambio, viendo la vida pasar. Dejando pasar todos los trenes y viendo como ellos se montaba y se alejaban. No hay nada que reprochar, todo hay que decirlo; y, es que, a veces, no nos damos cuenta de que mantener amistades cuesta trabajo, y sentarse en casa, sintiendo pena por uno mismo y esperando a que lo llamen no funciona como estrategia para mantenerlas.

Es verdad que, algunos decidieron quedarse, tal vez, más por cabezonería que otra cosa. También ayudaba el bagaje, los años y años detrás de esa amistad. Mis amigas de toda la vida, las del colegio, esas que conozco desde que tengo 4 ó 5 años han seguido allí. El susto de enero nos unió aún más. También me hizo saber que tengo que apreciar su apoyo y su cariño más de lo que lo hacía. A veces discutimos, otras lloramos de felicidad, pero siempre estamos ahí. Y mi vida no sería lo mismo sin ella. Siempre recuerdo el día que aparecieron todas en manada en la clínica a verme. Ese día es uno de los más felices de mi vida. Me dejó claro que no había conseguido empujar a todo el mundo de mi lado, que todavía había conseguido mantener algo. A ellas. Un par de meses después, una de ellas, me decía lo contenta que estaba con mi nuevo Yo, porque con este Yo, con este Mikel, sí podía hablar, y podía estar a gusto. El Mikel anterior la dejaba sin energía, la deprimía y le era imposible aguantarme. Me hizo feliz ver que no era yo el único que veía ese cambio a mejor.



Además, está Ana, alguien que no sólo me visitaba, sino que me traía palmeritas de hojaldre casero, y pasteles de arroz riquísimos a la clínica, para mí y mis padres. Ella también se quedó, a pesar de mi forma de ser. Y lo agradecí.

La amistad es como el hojaldre. Exige mucho trabajo, pero vale la pena por el resultado tan maravilloso que da.

La amistad obliga a trabajar, a cuidarla y a mimarla. Si no se quiere perder las amistades, hay que cuidarlas y cultivarlas.  Como el hojaldre, es trabajo, pero relaja, y el resultado es genial. Vale la pena. 

Otras amistades se quedaron por el camino, por el desgaste y el "dejarlo pasar". Algunas vuelven ahora. Ayer, al salir de trabajar quedé con un amigo mío al que no veía hace años, y con el que pasé algunos de los mejores momentos de mi vida. Ese grupo de amigos nos fuimos separando por las circunstancias, parejas nuevas, algunos dejábamos de salir, elegíamos otros sitios a los que ir, otras ciudades en las que vivir, etc.  Pero me decidí por enviarles un mensaje. Y el mensaje se convirtió en una larguísima conversación de las que teníamos entonces, con muchas tonterías y cosas menos tontas que decirnos. Sólo uno de ellos vive aquí, los otros tres viven en otras partes de España, pero espero que pronto podamos hacer algo para vernos. 



Ayer fue genial, un flashback total a las tonterías que decíamos, las bobadas que hacíamos, y, por qué no admitirlo, lo malos que podíamos llegar a ser. Espero que los años nos haya vuelto más buenos, yo creo que sí, pero ayer quedó claro, que seguimos divirtiéndonos juntos. 

El fin de semana pasado, una vez más, me convertí en sous baker de mi amiga Ana, en su taller de hojaldre. Unos días antes, hice hojaldre por primera vez. La primera masa la tiré. Por desgracia, no se había enfriado la mantequilla lo suficiente, y se deshizo todo, pegándose a la mesa, al rodillo y a todos lados. Pero, cabezón que es uno, y animado por mi madre, me puse de la misma a hacer otro, con una mantequilla más fría. Y lo conseguí.  Seis pliegos y unos 20 minutos después en el horno, tenía las napolitanas más bonitas que jamás había visto. Y de dos chocolates además.

El hojaldre necesita unas circunstancias específicas para que salga bien. Es mejor que se haga en las épocas frías del año, pues la mantequilla no puede templarse, si no la masa se irá desquebrajando mientras la amasamos. Cada dos pliegos dle hojaldre es mejor meterlo un ratito en el congelador, al igual que una vez terminado, es mejor dejarlo enfriarse antes de sacarlo para amasarlo con el rodillo y preparar cualquier cosa. 



Y este domingo, uno que es cabezón, decidió volver a intentarlo. Y es que tenía que dar de comer a 8 hambrientas y resacosas amigas, después de un fin de semana maravilloso, celebrando nuestra amistad y alguna que otra cosa más. Esta vez, metía la masa en el congelador unos diez minutos después de cada pliego, y también metía mi rodillo de acero en la nevera para que estuviera frío. 


Masa de hojaldre
Receta de Biscayenne

Ana me envió esta receta con la idea de que me preparara para el curso de hojaldre que ella daría y en el que yo ayudaría. A pesar de lo mucho que me repitió la importancia de que la mantequilla estuviera fría, se me olvidó la primera vez y la masa se convirtió en una masa viscosa que dejaba restos de mantequilla por doquier. Justo cuando me iba a rendir, entró mi madre en la cocina y me dijo: "si esa no sirve, haz otra, venga". La manera en que me lo dijo, dejó claro que no tenía otra opción. Y menos mal que la hice caso, porque con la mantequilla fría y paciencia conseguí hacer unas napolitanas buenísimas.

250 g. de harina de fuerza
250 g. de mantequilla fría
125 ml. de agua fría
½ cucharadita (tsp.) de sal

harina de fuerza para espolvorear la mesa

Echar la harina y la sal en un bol. Después añadir parte del agua en el centro e ir mezclando, primero con un cucharón y luego con la mano. A veces la harina no necesita tanta agua como tenemos preparada, y otras veces necesita algo más. Lo importante es que la masa quede tirando a dura y que no se pegue a los dedos.

Una vez la masa está hecha una bola, amasar en la mesa hasta que quede lisa y fina. Es importante no amasar de más. 

Sacar de la nevera la mantequilla y ponerla entre dos papeles de horno y con el rodillo (frío, si nos acordamos de meterlo en la nevera), aplastar la mantequilla hasta hacer un rectángulo más fino. Enharinar la superficie que vamos a usar y con el rodillo extender la masa de harina y agua hasta que se consiga un cuadrado de unos 25-30 centímetros. 

Colocar encima de la masa de harina la mantequilla y usando los bordes de la masa inferior encerrar la mantequilla dentro, como si fuera un sobre. Apretar bien las "costuras" para que la mantequilla quede bien encerrada.

Espolvorear con harina la superficie que usaremos para amasar y, con el rodillo, estirar la masa a lo largo, intentando mantener los bordes rectos. Usar el rodillo desde el centro para arriba, y desde el centro para abajo. Hay que conseguir que la masa sea el triple de larga que de ancha, sin que se salga la mantequilla de la masa.

Si se pega  a la mesa, enharinar de nuevo la superficie y el rodillo.

Doblar en tres la masa, llevando uno de los bordes hacia el centro, y el conrtrario igualmente, por encima del anterior, quedando como un libro. Levantamos la masa, la giramos 90º. Ya hemos hecho la primera vuelta. Volver a amasar de la misma forma.

Esto se tiene que repetir 6 veces. Cada dos veces es bueno meter la masa unos 5-10 minutos en el congelador. 

Después de la sexta vuelta (y de un ratito en el congelador) ya se puede estirar la masa para hacer lo que queramos, salado o dulce.

Desde pantxinetas y jesuitas, hasta napolitanas u hojaldres salados.





6.5.13

2

batido de plátano y yogur griego para merendar

Últimamente he de cuidarme más. A veces me cuesta. Siempre he sido demasiado fan de la bollería industrial, de ponerme chato a gominolas y de comer hasta hartarme. Pero, eso se tiene que acabar.

A veces, por la tarde me da hambre, y me comería un caballo (más bien, un café con leche, con su consiguiente empacho de galletas Chiquilín). Tengo la tentación en casa, es la verdad, pero no vamos a quitar todas las galletas del desayuno para que a la tarde no me dé por ponerme chato, así que, intento encontrar alternativas algo más saludables.

No que las Chiquilín no sean healthy, que lo son, pero no en plan dos docenas. Ya me entendéis.

Y, antes de seguir dejadme que me explaye con el tema "healthy vs. no healthy". Primero que una cosa sea saludable no quiere decir que no engorde, y es posible que una cosa no sea saludable y adelgace. Vamos que lo "light" no siempre es "healthy". Yo siempre utilizo el máximo posible de ingredientes naturales y ecológicos. Como lo menos posible con grasas saturadas e intento mantener un orden de lo que como. Aquí es fácil, porque los supermercados y tiendas de barrio de toda la vida de nuestra zona tienen buenos proveedores que incluyen baserritarras con huertas y carnes con Eusko Label, etc.

Lo importante es usar ingredientes buenos, que sabes de donde vienen y comer con moderación todo aquello que te pueda hacer daño. Yo no como muchos embutidos ya, mal que me pese, debido a que el alto contenido en grasa de algunos puede sentarme mal, pero eso se traduce en que como poco, pero el día que como chorizo, como del bueno, vamos, del buenísimo que te cagas, ese que hacen la casona de al lado del pueblo donde mis padres tienen la casa del pueblo, vamos.  Se me entiende, ¿no?

Pues eso, menos protein shakes y más pollo de corral y mantequilla natural.

Sigamos con lo que nos competía, que me pongo rollo "Lady Gaga en una marcha a favor del matrimonio igualitario" y me subo por los vericuetos de Úbeda y luego no hay Dios que me baje. Y es que yo soy de comer poca fruta de postre. Y el sólo hecho de pensar en comerme una pieza de fruta a media tarde, me da una pereza insufrible. No te voy a mentir, la fruta y yo, somos poco amigos, pero hace tiempo que me he ido fijando en la moda del smoothie, o milkshake: el batido de toda la vida, vamos.

Así que me ha dado por hacer pruebas. Por ahora el más reseñable es este que os traigo hoy. Necesita poco: un plátano maduro, un yogur griego (el mío desnatado, pero vamos, cada uno lo que quiera, claro), y alguna cosita más.

Algunas tardes, aquellas en que libro de la librería, o en fin de semana, me gusta darme un homenaje. A veces toca tomarse un batido, con un poquito de miel para endulzarnos la vida. Te recomiendo encarecidamente darte el homenaje. Es como bailar por qué sí. #SuchFun.



Batido de plátano y yogur griego
para 2 pequeños o 1 grande

1 plátano
125 g. de yogur griego desnatado
½ cucharada (tbsp.) de miel
1 puñadito de cereales integrales
235 ml. de leche semidesnatada

Combinar todos los ingredientes con la ayuda de una batidora. Beber inmediatamente.

Otros batido de plátano a tomar en cuenta son este y este. De Joy the Baker.

1.5.13

1

un par de onzas de chocolate

Desde enero he estado pensando mucho en lo que he vivido hasta ahora, en las cosas a las que di poca importancia en su momento y no supe vivir de una manera más plena, más consciente. Tengo mala memoria. Durante tiempo creí que mi mala memoria era sólo una característica mía más, como el que es zurdo, o tiene el pelo rubio, pero me doy cuenta ahora de que era porque no prestaba atención a las cosas.  Ahora intento recordar y me cuesta, a veces, más de las que me gustaría, tengo que preguntar a los demás como recuerdan ciertas cosas para poder compararlo con lo que yo recuerdo haber vivido.  Además, mi memoria es selectiva, se acuerda sólo de algunas cosas, normalmente, de aquellas historias en las que yo salgo bien parado, no en las que hago el ridículo. Pero de eso no iba a hablar.

Estos días he pensado mucho en mi Aitite*. Murió hace unos años después de una larga enfermedad. Tenía Alzheimer. De mi infancia con él recuerdo pocas cosas. Era un señor serio al que yo no le hacía demasiada gracia, creo yo, aunque tampoco es que fuera especialmente cariñoso con muchos de mis primos, aparte de con mi hermana, que era la niña de Aitite. Supongo que él sabía que yo era diferente, y no le hacía tanta gracia. Era un hombre serio, que se sentaba en su sofá con el periódico, que fumaba puros y que le tenía pelota a mi hermana. Yo, en cambio, siempre estuve más unido a mi Amama**.

Ya mayor yo, después de que le diagnosticaran con Alzheimer, fui notando cambios en él respecto a mí. Supongo que no sabía muy bien quién era yo, no estaba seguro de si era su nieto, o su hijo, o un hombre de la calle, pero me trataba diferente. Claro que trataba a todo el mundo diferente. Yo nunca había visto a mi Aitite abrazar o besar a mi madre, y entonces lo vi.

Siempre recuerdo una cosa de él, y es bueno saber que, en esto, mi memoria no me falla. Acababa de romper con mi pareja, el día anterior, y no tenía ninguna gana de ir a comer con mis aitites, pero mi madre me obligó, e hizo bien. Yo tenía mala cara. No comí mucho durante la comida, y estuve intentando no llorar gran parte de la comida.  En los postres, Aitite se me quedó mirando fijamente y le dijo a mi hermana, "ese está pocho", o una palabra parecida. Mi hermana y mi madre asintieron. Yo noté como las lágrimas amenazaban con brotar una vez más. Entonces él se levantó, vino a dónde mí y me abrazó.

Todavía, hoy en día, seis años después, mientras escribo esto, se me humedecen los ojos y tengo que parar un minuto antes de seguir escribiendo.

Mi Aitite, además de ser un señor serio, era un adicto al chocolate. Mi madre siempre cuenta que dejaba el papel del chocolate vacío en el cajón, y que se metía un par de onzas de chocolate en el bolsillo para ir comiendo mientras leía el periódico.  Una de las perras que tuvieron en casa mis Aitites cuando yo todavía no había nacido, solía perseguirle, y, así, era como sabían que había cogido chocolate.

Recordar estas cosas, a mí me da vida. Me hace sonreír y siempre que como algo de chocolate me acuerdo de él.



Crema (o Frosting) de chocolate negro
Adaptado de "Salvada por los pasteles" de Marian Keyes

Para las magdalenas del otro día, hice dos cremas, una de chocolate blanco, a petición de mi madre, y una de chocolate negro, que era la idea primera.  M., la encargada de la librería donde trabajo, me comentó que para ella, la mejor manera de comerse una galleta Chiquilín era con una onza de chocolate negro.  Eso me recordó a Aitite.

Encontré la receta en el libro de repostería editado por la escritora de chick-lit, Marian Keyes. El libro está bien, aunque prefiero leer sus novelas.

100 g. de chocolate negro
55 g. de mantequilla en dados
200 g. de azúcar glas
65 ml. de leche
½ cucharadita (tsp.) de extracto de vainilla

En un cazo y a fuego lento, derretir el chocolate y la mantequilla. Una vez derretido apartar del fuego y añadir la mitad del azúcar glas primero, después la leche y el extracto de vainilla. Finalmente añadir lo que queda del azúcar y mezclar bien.

Dejar enfríar del todo.

Mejor si se mete a la nevera un cuarto de hora para que termine de asentarse.


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*Abuelo en euskera.
**Abuela en euskera.

28.4.13

5

tatuajes, malenismos varios + magdalenas de chiquilín con chocolate blanco

Esta semana me he tatuado. Un enorme vegvísir en el brazo derecho. Un vegvísir es un símbolo mágico islandés que, a modo de brújula, ayudaba a los guerreros a encontrar el camino a casa en tiempos de tormenta. Así que, esperando que siempre me ayude a sortear tempestades y tormentas, me tatué uno. Y usando la simbología islandesa, maté dos pájaros de un tiro, homenajeando así a mi sobrino, cuyo nombre es islandés.

En total tengo cinco tatuajes: además del vegvísir, dos fechas (una muerte y un beso), una constelación de estrellas que simboliza mi familia, y 사랑 (sarang), que significa "amor" en coreano.

Todos mis tatuajes tienen un significado especial para mí. De hecho, creo que es la única manera de mantenerte contento con el tatuaje que te has hecho, puesto que es para toda la vida, y si te has tatuado una Supernena, puede tener gracia durante un año, pero al de dos, puede que estés hasta el tuétano de verte a Burbuja tatuada en una muñeca. No que yo tenga nada en contra de las Supernenas, por Dios, ¡qué hago malenis con corazoncitos de azúcar!


Y de esas malenis os hablo hoy. Por que no todo son tatuajes y macarradas. De hecho, lo único macarra que tengo son mis tatuajes de "estibador" (esto según mi madre). En realidad yo soy un Maleni con "M" mayúscula, de esos que usa una porrada de cachivaches para poner la crema de chocolate blanco encima de la magdalena, o matxalen, si es que queremos euskaldunizarla. Eso sí, maleni con criterio, que yo tiro para casa y hago unas magdalenas ricas ricas con sabor a galleta Chiquilín, de Artiach, de Bilbao de toda la vida, vamos. Pero no porque vaya de original, si no porque es lo que a mí me gusta. Uno, desde niño, ha untado las chiquilín de tres en tres en el café con leche.

Uno es maleni, sí, pero con criterios... ¡Ah, y sin fondant! #SuchFun


Magdalenas de Chiquilín con chocolate blanco

Para el bizcocho:
200 g. de harina de repostería
20 g. de harina de maiz
1½ cucharadita (tsp.) de levadura química
1 pizca de sal
115 g. de mantequilla
200 g. de azúcar
3 huevos
150 ml. de leche
1 cucharadita (tsp.) de extracto de vainilla
10 galletas Chiquilín (85 g. más o menos).

Para la crema de chocolate blanco:
250 g. de mantequilla
200 g. de azúcar glas
2 cucharadas (tbsp) de leche
150 g. de chocolate blanco

Triturar las galletas hasta que sean polvo. Precalentar el horno a 180ºC. Poner los papeles de magdalena en los moldes.

En un bol, tamizar la harina con la levadura y añadir sal. Aparte, hacer la mantequilla pomada y batir con el azúcar, hasta que esté bien incorporado. Añadir después los huevos de uno en uno, batiendo bien para que se incorpore del todo, antes de añadir el siguiente huevo. Añadir la mitad de la harina. Una vez incorporada, agregar primero la leche y el extracto de vainilla, batir, e incorporar la otra mitad de harina. Por último añadir las galletas trituradas y mezclar bien.

Con la ayuda de una cuchara de helado dividir la masa entre los 12 moldes. Hornear durante 25-28 minutos, o hasta que insertando un palillo este salga limpio.

Dejar enfriar.

Derretir el chocolate blanco en el microondas o al baño maría y dejarlo templar. Mezclar la mantequilla con la leche y el azúcar glas. Por último incorporar el chocolate blanco.